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Memoria Ritual

Recuerdo comer cabezas de cordero con la curiosidad de quien disecciona un animal en la mesa de un laboratorio.


De niña, provista de cuchillo, tenedor, uñas y dientes, separaba unas partes más identificables y otras que aún hoy parecen innombrables: cerebelo, duramadre, tubérculos cuadrigéminos, epífisis, tálamo, nervio óptico, seno frontal, pituitaria roja, pituitaria amarilla, tabique nasal, epiglotis, cuerpo calloso, lengua, foramen magnum, bulbo raquídeo, protuberancia, hipófisis, paladar…  Han pasado años desde entonces. Y siendo a veces más débil y otras veces más firme, he eliminado los animales de la lista de alimentos con los que nutrirme. Los motivos responden a una idiosincrasia personal más que a tomar postura en el debate de la cuestión de los derechos de otros seres vivos. Quizás sea una forma de abrazar las contradicciones de la niña que todavía habita en mí y que anhela esa relación naif de Heidi con su Copito de Nieve. En realidad sea cual fuere el motivo de lo que a p…

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